ANDREA

Como os dije en mi anterior post, no publicare en este mes de Agosto, que tan entretenida me tiene.

Os dejo una recopilación sobre las cuatro pinceladas de Andrea, este post solo estará vigente unos dias... nos vemos en septiembre.


NO DEJES NUNCA DE PINTAR
Entro en la pastelería al salir del colegio, soltó  de cualquier manera la cartera y salto a los brazos de su madre que salía del obrador embadurnada de harina, siempre llevaría con ella ese olor a pan recién hecho. Su madre la cubrió con sonoros besos, la subió en un taburete situado en una esquina de la barra y le sirvió un tazón de cacao caliente con un par de magdalenas y volvió a su quehacer dejándola con sus sueños.
Soñaba que un día se iría lejos, quería estudiar bellas artes y tener unas manos diestras con los pinceles y los lienzos como aquellas pintoras que tanto admiraba, Sofonisba Anguissola, Frida Kahlo, Anne Anderson, Mary Stevenson Cassat, Tamara de Lempicka, Berthe Morisot…
Y así, entre paseos en bicicleta, juegos, risas y peleas con amigos que al pasar los años se transformaron en coqueteos,  llegaron los primeros besos, el primer amor, acabo COU y llego la hora de cumplir su sueño. Momento en el que sintió una mezcla de entusiasmo y nostalgia, entusiasmo por el mundo nuevo que empezaba asomarse, nostalgia por lo que quedaría atrás, la pastelería con su madre, esta ya con el pelo blanco pero no de harina, sino por las huellas que los años y el duro trabajo le regalaron, los amigos, el amor… porque era soñadora pero con los pies en la tierra, marchaba lejos, L’école des Beaux –Arts la esperaba, y no quedaría dinero para volver, excepto en contadas ocasiones, navidad y verano. Y no solo sería la distancia, el tiempo y la vida se encargaría de marcar caminos, destinos diferentes
Casi a punto estuvo de quedarse, un momento de duda, pero aunque el pueblo era ese mundo seguro y acogedor que conocía, donde estaba su amor que pensó eterno, de sobra sabía que ese mundo la limitaba, cortaba sus alas.
Y no se equivoco, el amor se esfumo, en el pueblo había chicas más guapas e inteligentes y el necesito una mano entre sus manos, los amigos marcharon a otras ciudades por estudio o trabajo, y su madre un día se rindió y le dijo adiós a ella y a todas las harinas pendientes de amasar, de hornear. ¡Como la echaba de menos¡
En algo si se equivoco, no fue fácil, trabajo para estudiar y estudio duro, y hubo momentos de lagrimas, momentos de querer dejarlo todo, momentos en los que solo pensaba volver… pero su ilusión y coraje ganaron la partida, terminando con unas notas más que aceptables.
Ahora trabaja de camarera a media jornada, porque en estos tiempos de la pintura no se vive, alguna que otra exposición, comidas con amigos, y algún que otro novio que no duró ni mucho ni poco.
Y cada tarde se sienta en el Café de la Paix, tan adorado por  Émile Zola, pide un expreso, a veces se sienta en un rincón de la barra y otras en su terraza, simplemente observando a la gente pasar... y el tibio aire le trae el aroma del pan recién hecho,  le guiña un ojo a su madre, y la escucha decir suavemente: “no dejes nunca de pintar”
Y esta que lo relata ya os anticipa  que en apenas unos años, las exposiciones fueron cada vez más frecuentes, y por fin pudo dedicarse solo a la pintura, dejo su trabajo de camarera, porque los sueños, no sin esfuerzo, se cumplen.



UN JUEGO DE CASITAS
Andrea deseo a Daniel nada más verlo, sentada en una mesa del Café de le Paix, al temprano anochecer del otoño, él en la mesa contigua, se aliso el flequillo, se estiro el vestido, cogió el bolso y con pasos firmes se acercó y le dijo “para desayunar me gusta el café solo, las tostadas con aceite y mermelada de tomate.” El la miro con asombro, dirigiéndole una media sonrisa, lo que veía y escuchaba le gustó. Se dirigieron a Les Pipos, paseando por el Boulevard Saint Germain, charlaron y rieron hasta la medianoche, y contra todo pronóstico para Andrea que siempre la acompañaba la prudencia, esa que le aconsejaba no irse con un desconocido, y que en esta ocasión la desplazó con un fuerte empujón por "la señorita sensación es distinto", o quizás fue el sentirse especial cuando comprobó todas las miradas de envidia que se posaban en ella, era la elegida por ese hombre tan atractivo, a lo que su intuición femenina añadió que no solo era "fachada"...sí, se fueron juntos a casa.
Y así, sin más, se hicieron pareja, sin tener una conversación importante al respecto. Pasaban los días, los meses, de cines, copas, restaurantes, teatros, de un apartamento a otro, largas noches en las que Andrea pintaba, mientras Daniel componía. Era una relación cómoda, emocionante, eran jóvenes, nada parecía hacer peligrar tanta pasión.
Hasta que un día Daniel se marcho, recogió sus cosas, dejando un enorme vacío en el apartamento  y en el corazón de Andrea. Pobre Andrea, no dormía, no comía, hasta que empezó a comer demasiado…comer demasiado… el pánico se apodero de ella, joven, embarazada, acababa de terminar sus estudios universitarios, con un salario ínfimo…embarazada…y Daniel la había dejado.
¿Debía resignarse? ¿Volver a su pueblo? ¿Ser una madre soltera con 24 años? ¿Renunciar a su carrera profesional? ¿Ir al médico y fingir que ese embarazo nunca había existido? ¿Escuchar más de una vez que había cometido una equivocación estúpida?
Tanta indecisión… y lo tuvo claro, no se libraría del bebe.
¿Decírselo a Daniel, o callar para siempre?
Una tarde agotada por el calor y el trabajo, asustada y vulnerable por su incipiente barriga, le llamó, ella podía ver a través de su voz como Daniel, tan fuerte, tan alto, tan seguro, se horrorizaba, se empequeñecía, se asustaba… no era cosa de hablarlo por teléfono decía, y quedaron en verse en el Café de le Paix, allí donde empezó todo.
Andrea sentada en una mesa, con su cuaderno de dibujo, dibujaba y esperaba, esperaba y dibujaba... Daniel no apareció.
¡Ese dibujo es precioso!, la voz la sorprendió, al levantar la vista vio a una mujer de avanzada edad, con una mirada dulce que ya conocía en otros ojos azules, los de su madre, esos ojos azules que sin mediar palabra descubrían lo angustioso y decepcionante del momento (Lola ayudó a Andrea, Andrea ayudó a Lola, pero eso es otra historia) y debería haber sido con lágrimas en los ojos, pero no, no hubo lágrimas, Andrea expresó en voz alta lo que su mente no quería escuchar ¿Fue amor o tan solo un juego de casitas?...jamás hablaron de cómo sería su vida juntos, ni de cómo sería la casa que compartirían o como pagarían las facturas, no, ellos salían, compartían copas, un sexo fenomenal, risas…miro aquellos ojos azules que la escuchaban, no aconsejaban, no juzgaban...y el tibio aire le trajo el aroma a pan recién hecho, le guiña un ojo a su madre y la escucha decir suavemente: “no dejes nunca de pintar”
Y esta que lo relata, ya os anticipa que a pesar de que algunas personas no estaban convencidas con esa maternidad, una madre sola con todo lo que conlleva eso. Andrea se esforzó mucho para que pudieran vivir bien las dos, y lo consiguió ¿la prueba de ello? Solo tendríais que ver como su sonrisa lo ilumina todo.
Y no, ¡no dejo nunca de pintar!


NO HAY EDAD PARA COMPARTIR PALOMITAS

Ese Manuel es un buen tipo, decía la gente, y lo era. Era un hombre alto y fuerte, siempre lo bastante activo como para que su cintura aún  no se hubiera puesto rolliza, de pelo entrecano, manos fuertes y rostro afable. Le gustaba su trabajo, la cafetería funcionaba bien y a él le gustaba el contacto con la gente que pasaba por allí, café y tostadas para los que iban de camino al trabajo, cervezas y tapas para los que hacían un alto en su quehacer diario, charlaba y bromeaba con ellos, sin cansarse nunca de los mismos rostros que le frecuentaban día a día.
Aunque no era la vida que había planeado años atrás, el sueño de una exitosa carrera empresarial, la oportunidad de ir a la universidad que se quedó en una opción, pero las cosas a veces ocurren de un modo distinto a lo que esperas. No se casó y no por miedo a comprometerse, siempre quiso una compañera e hijos, sería un buen padre, le decían sus sobrinos. Le presentaron hijas, amigas, primas...y muchas le gustaron e incluso las había deseado, pero Manuel solo podría comprometerse si se enamoraba completa y verdaderamente.

En aquellos momentos, detrás de la barra, saboreaba la tranquilidad, con el café recién hecho preparado, como llevaba haciendo todas las tardes durante los últimos tres años, tres años atrás en los que ella entro en la cafetería, con sus ojos brillantes, sus manos suaves, sus vestidos bohemios que a pesar de rondar los sesentaytantos le conferían, por increíble que pareciera esa singular elegancia, y ese olor a cítricos, con una sonrisa le pidió un café solo largo, sin azúcar... y Manuel quedó atónito, abrumado, fue un amor a primera vista. El problema era que Manuel no decía nada, durante esos tres años nunca dijo nada, hablaban un rato de los hijos de ella, de su trabajo en la galería... solo de vez en cuando le sugería que deberían ir algún día al cine o a comer, Lola se reía, entraba un nuevo cliente y el momento se desvanecía, por lo que la
 verdadera cita nunca llegaba.

Hasta que un día, sin saber el cómo ni de dónde saco el valor, la invitó a cenar, a ella le faltó el aire, la cafetería de pronto parecía estar vacía, ¡no puedo! tengo trabajo, las clases de pintura...Y se marchó atropelladamente, para que él no viera su mezcla de entusiasmo y miedo, ni notara las miles de mariposas que le revoloteaban por el estomago.


Entró ruborizada en la galería, por lo que Andrea bromeo con ella.

- Andrea, ¡una cita! Me ha pedido una cita, no sé como se le habrá ocurrido.
- Oh ¡Dios mío!, Lola ¡una cita! eso es fantástico, Manuel es un hombre maravilloso.
- ¿Y si las cosas no salen bien?¿Dónde tomaré café por las tardes?

Ella que añoraba aún al marido que murió, al que no regresaría nunca y al mismo tiempo anhelaba e incluso deseaba con remordimientos a ese hombre que sí estaba allí.Transcurrían los dias, las tardes, las noches... esa noche, mientras pintaba, fascinada por el resultado de su obra, se sentía poderosa, inteligente, sexual...y ¡sí!, si Manuel vuelve a invitarme a cenar le diré que sí. 


Cinco años hacía que se conocían ¡cinco años! Una tarde al salir de la galería, Lola se dirigió con paso firme a la cafetería, Manuel no la esperaba a esas horas, apenas se abrió la puerta el aire se impregnó de olor a cítricos ¡Y lo supo! Compartieron palomitas y cine como dos adolescentes, el preocupado por rodearla con su brazo...calma, los años te enseñan a tener calma, ella mirándole de reojo..


Compartieron paseo, ella de la forma mas natural le tomo de la mano, sus dedos se entrelazaron, y fue como llegar a casa, era tan agradable ir así, paseando con aquel hombre, que la miraba como a una mujer y no como a una frágil anciana.


NI TE IMAGINAS LO QUE TE ESTAS PERDIENDO

Tumbado en la cama, reflexionando, él, “el rey de las huidas”, él, al que la vida le sonreía, que era como la había planeado…ahora no estaba seguro, cuantas veces había oído decir a tanta gente “la vida no es como esperaba”… ¿y si lo mejor era lo que no había planeado
Su vida era excitante, fiestas, club, mujeres atractivas, salió con muchas, muchas de ellas esperaban una proposición formal que él nunca tuvo intención de hacer, su carrera en alza, cada vez mas… ¡mas! ¡Oh, que palabra! … mas…una palabra engañosa, la devoradora de vidas, pero si, más éxito, su música, sus composiciones triunfaban, no solo en Paris, en el resto de Europa, en América…
Y en su cartera esa fotografía de Andrea con su hija de la mano camino de la playa, no veía sus caras, y aun así podía escuchar sus risas, ver el brillo de sus miradas, esa fotografía que le envió una tal Lola, solo ponía en el reverso: “ni te imaginas lo que te estás perdiendo” ¡maldita anciana!
Cuando Andrea estaba embarazada pensó en buscarla, pero lo dejo pasar, no era lo que había planeado, era más fácil ir de cama en cama, forjando éxitos.
Aprendió, con el tiempo aprendió que una mujer hermosa puede resultar aburrida, que ninguna suscitaba tanto interés en él como aquella muchacha bohemia y algo estrafalaria del sur de España, con ella fue feliz, fueron felices. Asúmelo, se decía, no se puede volver al pasado, no se puede remediar lo irremediable, no se puede salvar lo insalvable (y yo te digo, por si me escuchas Daniel, ¿lo has intentado?)
Durmió mal y poco, antes del amanecer estaba al volante, conduciendo hacia lo insalvable, sin saberlo allí estaba, al otro lado de la calle  -sonrió…”al otro lado, siempre al otro lado”- enfrente de la cafetería de Manuel, un buen tipo con el que charlo un rato mientras le preparaba un café para llevar, cruzó, sentado en el coche espero una hora, dos horas… empezó a ver niños que iban a la escuela, era septiembre, el mes de los nuevos comienzos, nuevas aulas, nuevos amigos, nuevos colores, nuevos proyectos
Y las vio, esa niña increíble con la piel de un sutil tono dorado tatuado por un verano que no se quería marchar, con un vestido blanco y un gracioso sombrero, una miniatura de la mujer que la acompañaba, una mujer dueña de una serena belleza, de unos pasos firmes y una sonrisa que se iluminaba al mirar gesticular a su pequeña, como si le estuviese contando la mas hermosa historia.
Se sintió mal, arrepentimiento, miedo, emoción, arrancó, se marcho conteniendo las lágrimas, él, el rey de las huidas, porque a veces es mejor huir que quedarse (y yo te digo, por si me escuchas Daniel, a veces, solo a veces)
¿Cómo he podido mantenerme alejado tanto tiempo? Y esa frase rebotándole en su cabeza y encogiéndole el corazón, “ni te imaginas lo que te estás perdiendo"


SIN PREVIO AVISO

Las vio partir rumbo a la playa y volvió  a entrar en la pastelería, saco del pequeño almacén las mesas, solo cuatro con sus cuatro sillas a la terraza también pequeña, le hubiera gustado ir con ellas, cosa imposible en esta recién estrenada época estival, le gustaba su trabajo que empezó casi sin darse cuenta cuando se quedó sola con Andrea, tan pequeña, primero se sumió en la tristeza, la vida le quedaba grande y lejos, solo quería dormir, no tener que levantarse nunca, su cuerpo ahora tan ajeno, le pesaba, el aire que respiraba parecía que quería asfixiarla.

Todos esos años juntos y ahora esa sensación de que no les dio tiempo a nada, se arrepentía ¡y de qué manera! de lo que parecían discusiones tontas, detalles inocentes, como cuando deseaba terminar pronto la comida para levantarse de la mesa… tengo cosas que hacer, pero ¿Qué cosas? Ahora lo pensaba, nada que no pudiera posponer, entonces no lo sabía que la vida lo mismo que viene se va, de que no le dio tiempo de conocer ni la mitad de sus cosas, aquellas que le quería contar, ya no podría contarle sus miedos ni sus sueños.

Él se fue así sin previo aviso y a ella no parecía quedarle otra que hacer lo mismo, intentar escapar de su cuerpo, un cuerpo que de nada le servía con un corazón en mil pedazos,  el dolor seria ahora su compañero, no lo podría olvidar, ni necesitaba mirar sus fotografías para recordar sus ojos, esas fotografías de eterna juventud que reflejaban su soledad,  sus oídos no querían escuchar, que tenía que ser fuerte, que había que seguir…¿Cómo se aprende a ser viuda con una niña pequeña en una edad en la que debería de estar feliz en pareja, en familia, o quizás soltera bailando por la vida? Porque su amor no era un amor con fecha de caducidad, era amor de futuro, tantas cosas planeadas y no les dio tiempo, ese que querían compartir de por vida, pero la vida se va cuando menos te lo esperas.


Una vez colocada la terraza, con flores frescas en las mesas, entro a terminar las cajetillas, ese típico dulce de almendra de tradición Andalusí, ya tenía preparada la base de harina de trigo sin refinar con huevos frescos, la pasta de almendra para su relleno, esa pasta que se convierte en algo mágico en la boca, una explosión de sabores que traslada a otra época y cultura…y su mente siguió recordando…


Aquel día en el que su pequeña le entro un café que ella misma le había preparado, un poco aguado, bastante aguado,  al incorporarse para besarla se topó con esos enormes ojos verdes que contradecían a la sonrisa de su boca, la abrazo encarcelando las lágrimas, a las que les dio un pequeño permiso carcelario nada más quedarse sola, lloró como no lo había hecho desde que él se fue, desde que se paró el mundo y él aprovecho  para  bajarse de la vida, la vida lo mismo que viene va, cuando las lágrimas hicieron su función tranquilizadora se metió en la ducha y el agua le arrebato la desidia, con paso firme se dirigió al armario y saco todos los tristes vestidos de luto, que a él tanto le desagradarían, se vistió como siempre, como antes de, se maquillo ligeramente y los nuevos colores le pintaron un plan de vida, ser feliz por los dos, él no era tristeza, era locura y atrevimiento, él no le perdonaría que desperdiciara su vida, ni ella misma se perdonaría que su pequeña, su princesa, no tuviera una vida educada en la alegría.

En una de las mesas se sentó una pareja, y los recuerdos siguieron instalándose, acomodándose sin traer con ellos el dolor, y anoto: dos cafés, un bol de frutas con muesli y yogurt, tostadas con revuelto de huevos y atún, buena elección y les sonrió.
Y así entre clientes y masas, sonrisas y nostalgias a partes iguales transcurrió otro día, lacando recuerdos, embelleciéndolos, inventando fantasías, tropezándose con la realidad...

Entro Andrea corriendo, hablando atropelladamente, con las manos manchadas de pintura, regalándole un dibujo, había pintado el mar, ese mar hecho para amantes  por el que ella paseo tantas tardes…le sonrió diciéndole: no dejes nunca de pintar, que era su forma de decirle, no dejes nunca de sonreír, de vivir.


Ahora yo no sé si vas a poder leer esta carta, pero igual siento como una necesidad 
de decirte que yo contigo he sido más feliz de lo que los libros dicen que se puede. Perdóname si tantas veces me anduve quejando por bobadas. Un día me dijiste que yo tenía cara de mujer a la que siempre se vuelve y yo te espero ahora o cuando sea y donde sea y como sea. Quiero que sepas.”

Eduardo Galeano
(
La carta que no llegó )

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