sábado, 29 de octubre de 2016

¡DIOS ME LIBRE!



No te rías porque soy capaz de “pillarme” uno como Dios manda, de esos que no se duermen nunca para cumplir con sus cuarenta horas semanales,  poco antes de que suene el despertador ya está desperezándose,  que tiene sus zapatillas bien juntitas y alineadas junto a la cama, cinco minutos en la ducha sin cantar ni nada... así, en silencio.

Al volver del trabajo se desnudará dejando la ropa bien doblada y ordenada, calzándose de nuevo las zapatillas que obedientes le llevan esperando todo el día sin romper filas en el mismo lado de la cama, se sentará en el sofá con su pijama de rayas y copa en mano (en lugar de botella de cerveza, sin vaso ni nada) sin cigarro, porque no fumará.

Y el sábado me dirá: “cariñin vamos al IKEA” (a mi…que no he estado nunca… ¡Dios me libre!), con su súper GPS para no tener que preguntar, en su pulcro coche… ¿Por qué me miras así…? ¿Crees que no soy lo suficientemente lista para pillarme uno así, que venga con las pilas incorporadas y la cartilla de ahorros?  De esos que llegan siempre a casa con una media sonrisa puesta, de los que hacen la compra en un gran supermercado con su lista meticulosamente hecha…. ¡que no te rías! ¡Que soy capaz!

De pillarme uno de esos que se casan por la iglesia como Dios manda, con una flor triste en la solapa, con su alianza con fecha grabada… Pero se me torció el camino y te encontré sin flor, sin anillo y sin vergüenza en la cara, sin media sonrisa pero con una sonrisa amplia, sin zapatillas recorriendo descalzo la casa, cantando desafinando en la ducha…

¡Que no te rías!




“¿Esto es todo?, ¿matar el tiempo antes de que el tiempo te mate a ti?, ¿esto es todo?” (La vida secreta de las palabras)

viernes, 21 de octubre de 2016

CUANDO LAS MANOS TIEMBLAN


Tenía que pasar, se lo repetía bastantes veces, tanto tiempo disimulando que ya no distinguía unos días de otros, que lo mismo su gato comía su sopa mientras ella percibía demasiado tarde que su atún sabía a perros…mejor dicho a comida de gatos, que se caía demasiadas veces y demasiadas veces ocultaba sus moratones, hasta que ese descuido con la olla en el fuego colmó el vaso , y allí estaba dando gracias y pidiendo perdón al mismo tiempo, a su vecina porque hubiese llegado en el momento justo de  evitar la desgracia…, y no por ella, que ya con más de ochenta  para ser exactos a medio camino de los noventa, y con una vida tan satisfactoria que  no temía abandonar, eso quizás hubiese sido una suerte para ella, pero una fatalidad para las vidas que la rodeaban y les quedaba tanto por danzar.

Y allí estaba, añorando una casa en la que en los últimos años vivía sola, pero se despertaba al amanecer, se preparaba el café y salía a la terraza para mirar de que azul estaba el cielo y predecir si cogería el paraguas o su sombrerito para protegerse del sol, segundo café y tijeras de podar en mano para arreglar los tagetes, las petunias, las alegrías de la casa, los tomates cherry…una vez arregladas le tocaba el turno a ella, se vestía primorosamente, bueno… algunos días la camisa iba del revés, otros le tocaba a la falda,  pero nunca a su sonrisa sincera y amplia,  partía con su cesta a comprar el pan y el periódico, saltando las esquelas para no suspirar por mas ausencias.

Volver a casa y poner un mantel limpio, vajilla para dos, cubiertos para dos, vasos para dos y en un jarrón agua con margaritas o anemonas según la estación, una corta siesta, una tarde tranquila de lectura o un paseo hasta la galería de arte, y llegaba la noche, ¡ay la noche! Se empezaba hacer larga.

Y ahora estaba aquí,  añorando esas tardes, esas largas noches en silencio y oscuras, de luna y estrellas brillantes…aquí no hay silencio, no hay oscuridad, no puede ver la luna ni las estrellas… ¡pobres petunias! Intenta resignarse, y para ello piensa en la suerte que ha tenido de vivir más de ochenta años en una casa bonita, de haber disfrutado del amor dos veces, de esa amiga que más que amiga era la hija que siempre quiso tener, que le hizo sentir el inmenso placer de ser abuela.

Toda esa felicidad acumulada no le impedía estar de morros, contra todos ellos, con unos por irse demasiado pronto, con otros por estar tan lejos, con ella por estar tan torpe, con la vida que pasó tan rápido y ahora parecía estar a cámara lenta, con sus manos temblorosas… ¿Cómo le decía aquella profesora que se cogía el lápiz? … ¿entre el índice y el pulgar?...pero siempre la dejaba hacer a su manera, porque sus manos ya no importaban, el lápiz cobraba vida sobre el papel, y ahora estas mismas manos cortan las alas a la creatividad que bulle en su mente como el vapor en una olla a presión.

Y si, aquí estaba, sin querer codearse con los demás viejos, era injusto, lo sabía, nadie tenía la culpa, tendría que hacer un esfuerzo, igual en otra habitación había otra mujer, tan perdida como ella a la que le gustaría hablar de sus dalias en la terraza y de su maravilloso nieto.

Sí, mañana lunes ¿o seria domingo? se esforzaría, sonreiría… tendría que acordarse… ¿Qué flores ponía en invierno en el jarrón? ¿Anemonas…?






“La memoria es un trozo infinito, a veces se hace visible y grita, pero a veces se encierra en su silencio.”
(Anónimo)

domingo, 16 de octubre de 2016

¿LA SUERTE ESTÁ ECHADA?




Cuando algo falla, es fácil decir que la mala suerte nos acechaba con tanta saña que nos alcanzó. Cuantas veces, demasiadas, ponemos como excusa a la mala suerte ante las frustraciones tan cotidianas y no tan cotidianas de la vida. Esta vida que en ocasiones muestra una cara bondadosa y en otras obstinada en la crueldad, como si el destino quisiera modelarnos a golpes y caricias a partes iguales.

La suerte existe, la buena y la mala, pero no eludamos nuestra responsabilidad, esa que en un minuto o quizás en menos, en tan solo un segundo en el que decidimos ¿izquierda o derecha? ¿llamo ahora o lo dejo para otro día?...

Y muy a nuestro pesar tenemos que reconocer que a veces somos conscientes de que hacemos las cosas mal, ya estará el azar ahí para que cargue con las culpas.

A veces con torpeza, otras inocentes, otras cobardes, “rizamos el rizo”, complicamos las cosas sencillas añadiendo nuestros propios golpes a los golpes que ya de por sí nos da la vida, y así poder quejarnos de nuestra mala suerte, de que todo me sale mal, me levante con el pie izquierdo, o mejor aún no debería de haberme levantado, si es que unos nacen con estrella y otros estrellados, cuando la cruda verdad es que la mayoría de las veces nos estrellamos solos, cuesta abajo y sin frenos; nos sentamos a esperar que baje o alguien nos baje la tan ansiada estrella, en lugar de intentar alcanzarla, esperamos, quizás porque intentarlo  requiere mucho esfuerzo, atravesar gélidos océanos y calurosos desiertos, y en mitad del camino aparece ¿la mala suerte? No, el miedo al fracaso, ese es el que nos hace desistir antes de vislumbrar el oasis, las dificultades imponen su poder a la voluntad.

Ahora dadle la vuelta a este post, buscad todos los antónimos, todos los opuestos, desterrad el “pobre de mí” y encontrareis el primer escalón de la buena suerte, ahí tenéis el primer paso para alcanzar vuestra estrella.




“Soy gran creyente en la suerte, y he descubierto que mientras más duro trabajo, más suerte tengo” (Stephen Leacock)

sábado, 15 de octubre de 2016

SONIDOS VULGARES



Aún no ha salido el sol, tan atípico como raro en mí que este levantada tan temprano (ya os dije que odio madrugar, sobre todo en otoño e invierno) rodeada de sonidos tranquilos, tan parecidos al silencio que me recuerdan a las alegres mañanas del verano, débiles y orgullosos trinos en los todavía frondosos árboles que en pocos días irán desnudando sus ramas, regalándome sus hojas como alfombra y el tedio de barrerlas y amontonarlas; los ladridos de Sultán en el huerto tratando de asustar a las palomas que revolotean en busca de algo de comida.

Total ausencia de sonidos cotidianos que en unas horas emanaran de la casa, el silbido de la cafetera, el tintinear de una cucharilla, el crujir de unas sábanas, el gorgoteo de un grifo, el repiquetear de los leños abrasándose en la chimenea…sonidos tan vulgares que mi cerebro ni los registrara, despreocupada ante la tranquilidad de una casa que no ha comenzado su jornada, intentando mantener ordenada y limpia mi mente, dejando fluir todas la palabras que transcriben las historias que habitan en ella, de vidas que muestran sus peores modales y el deber que con pasos firmes y armado de ilusión y coraje le plantan cara para apartar a manotazos esa niebla oscura que pretende instalarse en el corazón,  para dar paso a las confidencias junto a la chimenea, a las palabras de ánimo en los momentos duros o de debilidad; la calma empuja a la acción para después de la dura batalla saborear el descanso…


Alzo la vista, la luz del sol se abre paso entre las nubes, tras la ventana sentado esta Sultán que con sus ojos tan azules me invita a saludar al día, las historias que habitan en mi mente pueden esperar.

Termo de café en mano, el chal de lana sobre los hombros, dispuestos a abrazar el día, como si este nos fuese a ofrecer sus mejores frutos.

Mientras recorremos caminos de tierra húmeda, la casa empezara su jornada con una sinfonía de sonidos vulgares


"Me senté en un rincón, esperando un trocito de silencio donde introducirme." (Ana Maria Matute)


lunes, 3 de octubre de 2016

PRESENTE Y FUTURO DEL VERBO ACURRUCAR

Nosotros nos acurrucamos
Nosotros nos acurrucaremos




En estas noches anticipadas, descubrimos un viejo y nuevo placer: acurrucarnos entre las sabanas. La ventana entreabierta para darle la bienvenida a un débil frio, lo único añorado en las noches tan excitantes como relajadas del verano.

Tú leyendo un libro, quizás como dijo Beigbeder, para hacer desaparecer el tiempo, yo escribiendo, quizás para retenerlo.  Y de fondo La forza del destino, cargándonos de emociones,  para que los sueños no se pierdan en el camino.

Bajo frescas sábanas blancas, siempre blancas, para que reflejen la luz suave de la mañana que entrara por la ventana, el leve ronroneo de unas sonrisas de niños con la cara surcada de algunas arrugas, como las sabanas.

Y por unos instantes seguir soñando que a través de esa enorme ventana entreabierta se va colando un día perfecto, que nos regalara calma para levantarnos, cerrar los ojos de nuevo y aún así, ver como otros ojos cerrados me miran, los del beso, los de la sonrisa, seguir soñando con todos los gestos sencillos que no podemos perdernos.

Soñar que seguimos siendo niños, adolescentes, hasta que la vejez nos sorprenda.
Desperezarnos, asomarnos a esa gran ventana donde desde fuera los arboles nos hacen reverencias sin importarles lo revuelto que tengamos el pelo, ni las prisas de si es lunes o la calma de si es viernes.

A veces hablando, a veces en silencio, soñolientos otras, y siempre felizmente acurrucados.