miércoles, 14 de diciembre de 2016

Desearemos seguir siendo músculos, huesos y piel impregnados de ilusiones, sueños y fe.



Pasan los días, se acerca el próximo año con sigilo, quien sabe si rebosante de destinos inéditos, de amor y de tragedias, de nacimientos y muertes, de historias y leyendas, de inventos y transformaciones,  de pensamientos y sentimientos… Leí (no recuerdo donde) que los sentimientos son esclavos de los pensamientos, y uno es esclavo de los sentimientos.

Si escarbaremos en el pasado o pondremos la mano en la frente a modo de visera para otear el futro, entonces prometemos hacernos un favor, olvidar el pasado, el futuro ya vendrá, toca centrarnos en el momento, vivir la vida.

También prometemos ser felices, obviando que es inevitable que los impulsos naturales choquen con lo que nos exige la sociedad, ese choque nos desequilibra, nos trae una buena dosis de infelicidad.

Y creeremos, una vez más, que si anhelamos cualquier cosa, por nimia o grandilocuente que sea, el universo se alterara, los corpúsculos del destino se reorganizaran para que en nuestro camino se cruce el deseo tan ansiado.

Y que nos pille fuertes porque la vida se puede poner crudamente real en cuestión de minutos, y entonces le ponemos ojitos y le pedimos por favor que nos trate con cariño, y a nuestro ego que no intente llevar siempre el control y nos deje disfrutar de nuestras imperfecciones; y a nuestro corazón que haga un gran espacio para cobijar a nuestra mente, cuando esta se cansa de tanto ruido y tanta lucha con él.

Y el año puede que a pesar de ser igual sea distinto, viajemos más o por fin terminemos de aprender ese idioma que si no es el más comercial, es pura melodía, en mi caso el francés o el italiano, que siempre nos acompañe la salud y el equilibrio valorando un buen golpe de locura a tiempo que lo afiance.

Y para guinda del pastel, con un final feliz  como en los cuentos de hadas, pero ¡ah! No esperéis que venga un príncipe azul a rescataros en los momentos de apuros, porque el rescate solo lo puede hacer uno mismo, sin desdeñar apoyos y ayudas de los santos pacientes que tenemos a nuestro lado.

Tantos deseos, tantas promesas, tantas creencias…nuestro corazón que parece que no puede hospedar tantas tristezas, alegrías, vergüenzas, iras, amor, triunfos y fracasos…pero fijaros, por increíble que parezca siempre tiene espacio para más, más de todo eso, como el bolso de Mary Poppins.

Y cultivemos L’arte d’arrangiarsi (producir algo a partir de la nada) como dicen los italianos, para el que no es necesario ser rico, sino poseer esa hábil cualidad de saber ser feliz.


Mientras tanto, mientras esperamos el nuevo año disfrutemos de las fiestas, yo cada vez tengo menos costumbre de trasnochar, mi cuerpo y mi cabeza se quejan al día siguiente de tanto humo y cerveza, la música me produce un martilleo incesante, pero a pesar de todo me despierto tranquila y en paz, la noche fue divertida, con gente interesante y menos interesante, de bailes y coqueteos… ¿coqueteo? Ya no sé muy bien cómo se hace eso, yo que de joven era la coqueta más valiente, y aunque me dé un poco de reparo y vergüenza decirlo, algo.... desvergonzada.


"Vi, Brahmanes indios que vivían sobre la tierra, y sin embargo, no estaban en ella, que estaban forti­ficados y no tenían fortificaciones, que no poseían nada y a pesar de eso tenían las riquezas de todos los hombres". (Apolonio de Tiana)

domingo, 4 de diciembre de 2016

DESANDAR EL CAMINO


Daniel miro el móvil, 25 de diciembre, le gustaría arrancar esa fecha, como se arranca la hoja de un calendario de aquellos de papel que siempre había encima de la chimenea de su casa, en aquel pueblo entre montañas, en el que en Navidad siempre hacia frio, siempre cubierto de nieve, tanta que la carretera quedaba cortada durante varios días, aislándolos del mundo. En aquel entonces las horas se presentaban perezosas junto a esa chimenea en la que asaban castañas, jugaban al parchís y contaban cuentos.

Mientras la cocina se inundaba del olor de los pollos asados, no había dinero para pavo, cordero o besugo, pero esos pollos criados en el corral eran un festín, primero ninguno de los niños quería comerlos por la pena de haber convivido meses con ellos, pero en cuanto el olor a asado entraba por la nariz, el hambre ganaba sobre la compasión.

La alacena desprendía el aroma de polvorones recién hechos que engullían con un gran vaso de leche caliente al atardecer, cuando volvían con los pies mojados de recorrer las calles tocando las panderetas, rascando con una cuchara una botella de anís y desgañitando villancicos.

Tantos años hacia que no pasaba una navidad igual, echaba de menos la familia perdida, se acordaba de ella, también perdida, añoraba a la hija no conocida.

Hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo, había participado activamente en la construcción de su vida ¿Por qué esa sensación de que el resultado no tenía nada que ver con él?

De pronto le asfixiaban tantos viajes, la magnífica y enorme casa, el apartamento en la playa, las fiestas, las tiendas de lujo…tanto acumulado. Era el momento de mirar al mundo, no desde la mente, sino desde el corazón.

Solo quería una casa perdida en las montañas, una chimenea en la que asar castañas…solo quería un tren de vuelta, de vuelta a la oportunidad perdida, al camino de enmendar el error,  desandar el sendero de la ausencia, deshacer esa despedida que le dejo un amargo vacio en el centro del pecho.


No deseaba otra cosa que escucharla, mirarla, tenerla siempre cerca, abrazarla, observar su sonrisa… de pronto, descubrió que no concebía la vida sin ellas.

¡Dios mío, seguía enamorado!






Toda mi obra puede ser entendida como una reflexión sobre el error. Sí, sobre el error como verdad instalada y por eso sospechosa, sobre el error como deturpación intencionada de hechos, sobre el error como ilusión de los sentidos y de la mente, pero también sobre el error como punto necesario para llegar al conocimiento. “Soy un grito de dolor e indignación”

José Saramago