ALGUNOS DIAS DE TREGUA

Subió a la terraza con el segundo café en las manos, cerró los ojos y dejó que la lluvia la empapara, un refugio de alivio entre lo que fue y lo que es, abría el día estrenando el naranja, el primer color de la mañana que alumbraba ese camino en penumbra, las gotas continuaban débiles colándose entre sus dedos, en su café, en sus pensamientos, anestesiando el dolor de las heridas que no se cierran nunca, permanecen en el interior abiertas de por vida aunque aprendamos a vivir con ellas, un escrupuloso día de otoño que anunciaba nostalgias, acechándola la realidad, dicen que lo que no se habla no existe, pero se van congregando alrededor todos los fantasmas de las cosas pendientes de decir que terminaran materializándose un día atravesando todos los puentes ficticios que construimos, tan difíciles de sostener, destruyendo los muros invisibles de protección que levantamos para sobrevivir a los empedrados de la vida. Aspiró el aroma del romero y los pinares, bajó al jardín ...